Masajes eroticos san isidro vida real

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Un grupo de chicas conversa animadamente. Al notar mi presencia se espabilan y me echan una ojeada. Algunas chicas visten de sastre como empleadas de banco, otras de pantalón y tenis y dos o tres, elegantes vestidos de noche. En cuanto al maquillaje, se nota que la regla es no exagerar. Al lado izquierdo de la sala hay un reservado y, vecino a este, dos puertas.

Brevemente me explica el servicio y al salir deja la puerta abierta. Observo las paredes y me tranquiliza no encontrar la temida copia del Guernica, en vez de eso hay una alegre escena pastoril. La ventana va de lado a lado de la pared que da a la calle, una gruesa cortina color miel de abeja la cubre. La recepcionista regresa y enseguida las chicas empiezan a desfilar. La primera es una rubia bajita con cara preciosa.

En total son nueve y ahora debo elegir una para que me aplique el masaje. Cierro los ojos y divago entre el trasero de Margot, las piernas de Vanesa y los pezones de Amanda. Vanesa me ofrece de tomar.

Las posibilidades son agua, coca-cola, café o un trago de whisky. Me explica que Abejitas es un centro de relajación, no un bar. Tampoco aceptan que los clientes lleguen con síntomas de ebriedad. Ella tiene 22 años, pelo castaño, ojos verdes y una sonrisa que lanza destellos, debe irle muy bien para haber podido pagar el blanquemiento.

Me conformo con una botella de agua. Me desnudo y me cubro con una toalla. Vanesa regresa con la botella de agua.

Me siento en el borde de la camilla. Tiene un vestido de florecitas moradas sobre fondo blanco y una chaquetilla negra de pana. Se quita la chaquetilla y la deja sobre la camilla. Vendí enciclopedias dos años, pero eso no rinde. Me tiendo boca abajo en la camilla y ella se acerca. Sin preguntarme, me retira la toalla y allí estoy, indefenso ante aquella bella mujer. Al menos podré decir que todo se hizo a mis espaldas.

Ella va por uno de los frascos y con las dos manos esparce la crema desde la nuca hasta mi trasero y luego en cada pierna. Sus manos son pequeñas y suaves. Sus tetas son medianas y ciento por ciento naturales.

De masajes, la verdad sabe muy poco, pero a quién le importa eso. Sus manos me acarician y al mismo tiempo sus tetas me rozan la cara. Mientras lo hace conversamos. Una amiga le habló de Abejitas, le hicieron un examen y ese mismo día empezó a trabajar.

La clave para ser aceptada, aparte del atractivo físico, es tener un buen nivel de cultura y no tener antecedentes penales. Los grupos de chicas trabajan por turnos de ocho o doce horas, almuerzan allí, porque a esa hora hay mucho movimiento.

Vanesa me unta aceite en el pene y lo masajea muy suave. Le pregunto si puedo acariciarle las tetas y afirma con la cabeza, y lo hago. Los de oficina aprovechan la hora del almuerzo. Se quejan de sus mujeres, de lo mal que hacen el amor sus mujeres. Le preguntó por la amiga que la enganchó para Abejitas y su expresión se entristece, pero su mano no afloja.

Carolina, la amiga de Vanesa, empezó a trabajar en Abejitas porque su marido, un ingeniero ambiental, perdió el empleo y la situación económica le causó una fuerte depresión, al punto de amenazar con el suicidio. Asustada, Carolina empezó a buscar trabajo y una chica que vendía celulares le habló de Abejitas. Al principio la idea le pareció un disparate y hasta se ofendió, pero con el paso de los días vio en aquel oficio la salvación de su matrimonio y se presentó al examen, que pasó con sobrados méritos.

A su marido le dijo que había entrado en el negocio de los celulares. La situación mejoró y aunque el marido a veces le hacía preguntas, ella supo mantener la fachada de los celulares. Este le aseguró que con ese curso iba a conseguir trabajo muy pronto y podrían tener, por fin, un hijo.

A ella le daba duro, porque estaba muy enamorada. Cuando ella lo vio pegó un grito, era su marido. El masaje griego exige resistencia, sobre todo cuando ella te pide que le untes la crema en las nalgas y luego se sienta en tu pelvis y empieza a girar como un carrusel. Me pareció que aquello era un juego.

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